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El profundo cambio demográfico y su impacto en el mercado


TRIBUNA de Aitor Jauregui, responsable de desarrollo de negocio para BlackRock Iberia. Comentario patrocinado por BlackRock.

El envejecimiento de la población en los países desarrollados no tiene precedentes en la historia de los seres humanos. Mientras que la mayoría de los países en desarrollo, al margen de China, pueden esperar condiciones demográficas favorables durante muchos años, los países desarrollados están envejeciendo rápidamente. Los cálculos de las Naciones Unidas proyectan que, entre 2015 y 2030, la población mundial conformada por personas de 60 años o más aumente un 56%, lo cual significa un incremento de 901 a 1.400 millones. Las personas de 80 años o más, la población de mayor edad, está creciendo incluso más rápidamente. Las proyecciones indican que, en 2050, esta población llegará a los 434 millones, es decir, más del triple en comparación con 2015, cuando había 125 millones de personas mayores de 80 años.

Además de la longevidad, existen otras tendencias que impulsan los cambios demográficos. En ciertas partes del mundo desarrollado la tendencia hacia una menor cantidad de matrimonios y hacia matrimonios más tardíos con una disminución en la tasa de natalidad es incluso más pronunciada. El efecto neto es una drástica disminución en el crecimiento de la población, una tendencia que tiene lugar desde hace muchas décadas.

Si bien los cambios en las tasas de natalidad y la formación de familias son un fenómeno lento, en los últimos años estas tendencias empezaron a alcanzar al mercado laboral. El efecto demorado del crecimiento más lento de la población ahora está contribuyendo a una disminución secular en el crecimiento de la fuerza laboral. Esta tendencia, junto con una caída en la productividad desde hace 10 años, explica gran parte del estancamiento económico que ha importunado a las personas a cargo del establecimiento de políticas, los políticos y los inversores.

La tendencia hacia un crecimiento más lento de la fuerza laboral no solo se debe a una menor cantidad de personas que ingresa al mercado laboral, sino también a una mayor cantidad de personas que se jubila. En comparación con las décadas de los sesenta y setenta, cuando las personas nacidas durante la explosión demográfica ingresaron a la fuerza laboral en cantidades significativas, y con las décadas de los ochenta y noventa, cuando aumentó la participación femenina, el crecimiento de la fuerza laboral disminuyó de manera drástica.

Más allá del crecimiento lento, las otras características que definen el entorno posterior a la crisis es la persistencia de tipos de interés históricamente bajos. Esto es, en parte, resultado de la política de los bancos centrales. No obstante, cabe destacar que los bancos centrales están reaccionando al entorno de tipos e impulsándolo.

Existen varios factores contribuyentes, incluidos los bancos centrales mencionados anteriormente, una escasez de bonos y una mayor demanda de ingresos a nivel institucional. Al margen de estos factores, la demografía está muy probablemente generando un impacto en los tipos a raíz de los cambios en los patrones de consumo familiar, que también forman parte de una función del envejecimiento de la población.

A medida que las personas envejecen, sus hábitos económicos cambian. Los hogares más jóvenes financian parte de su consumo solicitando préstamos. En comparación, las personas mayores solicitan menos préstamos a medida que saldan las deudas y reducen sus hogares. Además, a medida que las personas se aproximan a la jubilación, suelen cambiar la asignación de sus activos a bonos, lo que impulsa los precios y reduce el rendimiento.

Si bien estas conductas han sido evidentes durante muchas décadas, en la actualidad hay otro motivo por el que las personas mayores ahorran más: la expectativa de una vida más larga y la longevidad real. Al menos en teoría, un incremento en la longevidad debería significar que los inversores realizasen una mayor asignación a instrumentos de renta variable en sus años de jubilación que lo que dictan las prácticas tradicionales. Esto, a su vez, debería reducir parte de la demanda de bonos y restar presión a los precios. De momento, los datos reflejan que nada de esto ha ocurrido.

El crecimiento lento es una preocupación creciente tanto para los políticos como para los legisladores. A día de hoy, gran parte del debate se ha centrado en la productividad. La cruda realidad es que aumentar la productividad es difícil. Dado el cambio a largo plazo hacia una economía basada en el servicio, ahora colaborativa, no resulta claro si estamos midiendo correctamente la productividad. Dado que el potencial de crecimiento es una función de la productividad y del incremento en la fuerza laboral, podría ser más fructífero cambiar el debate hacia los mecanismos que acelerarán el crecimiento en la fuerza laboral.

Conclusión

Si bien hay algunas pruebas de rebote cíclico, acompañadas por la anticipación de un crecimiento más sólido, el resultado global continúa siendo decepcionante. Por desgracia, hay poco acuerdo sobre la causa o la cura.

Aumentar la tasa de la participación en la fuerza laboral no es la cura de todos los males. Esto deja sin resolver el misterio de qué le sucedió a la productividad global. En lo que respecta a las recetas en materia de políticas, son sencillas, intuitivas y menos polémicas que otras opciones. La cuenta es simple. A largo plazo, el crecimiento acelerado en la fuerza laboral equivale a un crecimiento acelerado a nivel general. Para llegar ahí, las sociedades deberán desplegar todos los recursos disponibles. Las personas mayores son una de las opciones más infravaloradas. Es hora de cambiarlo.

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